martes, 17 de febrero de 2015

Winona Stay-In-Bed


Oh, lo sé. Llevo demasiado tiempo sin dar señales de vida. En Rethrick las cosas se han complicado un poco más de la cuenta. Pero he vuelto. Y estoy escribiendo. Estoy escribiendo a todo trapo. En breve tendréis noticias de Robbie Stamp. Oh, sí, de veras. Va en serio. Mientras, os dejo con el arranque del relato con el que colaboro en la estupendísima antología homenaje al gran Ripley, lo más parecido a Papá y Mamá que Fox Mulder y Dana Scully han tenido jamás. El primer investigador de Expedientes X. Cosas extrañas. Aparentemente imposibles. Como que un tipo vendiera el mundo en la época romana. Selling the world era el título del microrrelato (o breve de revista esotérica) sobre el que construí la historia de Monja Morris. Historia que comienza así:

"Tras la muerte del decididamente poco hablador y verde Garamask Chosky III, muerte que tuvo lugar la Nochebuena de 1985 en un pequeño pueblo del condado estadounidense de Montgomery, un pueblo llamado Duck Hill, famoso en todo el condado por los deliciosos patos asados que servían en el siempre abarrotado Duck Hill Grill, Morris Manning, una diminuta monja de la cercana Winona, aseguró tener razones suficientes para creer que su futuro hijo, el único descendiente del misterioso y verde Garamask, era el legítimo dueño del Mundo. Y puesto que la monja Morris, que se había cruzado con el verde emperador de Chyx Sassy en la fiesta de inauguración del único motel de Winona, el Winona Stay-In-Bed, había concedido, tres días después de la muerte de su fugaz amante, tres entrevistas a tres peródicos distintos, el FBI no tuvo más remedio que enviar a su casa a una pareja de agentes especiales para solventar el problema.

Los agentes se llamaban Gunner Grietzler y Habber Lorch. Ambos lucían un espeso y bien trabajado bigote rojo, tenían los ojos pequeños y se habían hecho tatuar sus propios nombres y su número de identificación en la nuca. Ambos habían querido ser marineros de pequeños y ambos eran lectores de Thomas Pynchon. Podría decirse que Gunner y Habber eran una sola persona que caminaba con dos pares de piernas distintos cada vez."

Extraído de Riplay. Historias para no creer. VV.AA. Jorge Carrión y Reinaldo Laddaga, ed. (Adriana Hidalgo Editora, 2015)

martes, 26 de febrero de 2013

El Show de Grossman



He aquí una de las dos novelas que publico este año: EL SHOW DE GROSSMAN.

La publica la fabulosa pulp-editorial ARISTAS MARTÍNEZ.

Y su argumento es el siguiente:

Matson vive en Rethrick, el planeta fan de la Tierra, y quiere conocer a su madre, una camarera terrícola a la que su padre amó quince años atrás, cuando trabajaba como espía intergaláctico. En su aventura le acompañarán su hipocondríaco amigo Dandy y dos chicas flipadas con Robbie Stamp, una escritora de ciencia ficción que vive en el anonimato terrestre mientras en Rethick sus libros son best sellers. Gracias a Wendy, una simpática nave-furgoneta, llegarán al corazón de Winona, ciudad desde donde se emitirá el concierto de Dorado Pez y que saldrá en antena en el programa rethrickiano de mayor audiencia: EL SHOW DE GROSSMAN.

Últimamente, cuando pienso en ella, me digo que es una especie de cruce entre la versión chico de Mi novia es una extraterrestre (es decir, algo así como Mi novio es un extraterrestre y tiene antenas) y Los Goonies, unos Goonies intergalácticos, claro.

En ella aparece por primera vez Robbie Stamp, la escritora (galáctica) favorita de Erin Fancher (LA CHICA ZOMBIE), Velma Ellis (la ex profesora de Inglés de WENDOLIN KRAMER y la profesora suplente de Lengua de Erin Fancher, LA CHICA ZOMBIE) y de todos los habitantes de Rethrick, planeta sobre el que ya he publicado cuatro relatos (uno de ellos, Hombres por Correo Lohman, fue finalista del Premio Cosecha Eñe este año; y otro, ¡Maldita seas, Doris Dane!, apareció en la pulp-fabulosa caja negra de Aristas Martínez: BLACK PULP BOX).

EL SHOW DE GROSSMAN, la historia de Rethrick más larga que he escrito hasta la fecha y la primera ilustrada (nada menos que por Martín López), estará a la venta el próximo 20 de marzo.

jueves, 24 de enero de 2013

Pero ¿de qué va 'La Chica Zombie'?




Bien, La Chica Zombie se acerca.

El 20 de marzo estará aquí. Sí, ya. Queda como un millón de años para el 20 de marzo, pero, qué demonios, ahí va mi primer intento de sinopsis:

Erin Fancher tiene dieciséis años. Y está muerta. Pero tiene que seguir yendo a clase. Y como huele mal porque se está pudriendo, su mejor amiga, Shirley Perenchio, La Chica Más Popular del Instituto (el Robert Mitchum de la fantasmal Elron), no quiere saber nada de ella. Aunque en realidad no quiere saber nada de ella porque ha hecho algo que no debía (y que tiene que ver con un chico) y ahora ella, Erin, y no Shirley, es La Chica Más Popular del Instituto, aunque salga con Billy (Patilla de Elefante) Servant, y se hable más de la cuenta con Velma (Pelma) Ellis, la profesora suplente de Lengua.

Velma está enamorada del director del instituto, un fan de Keith Whitehead (el escritor que ha escrito cientos, miles de páginas sobre tipos gordos tratando de salir de casa, tipos gordos comiendo, tipos gordos siendo devorados por tiburones demasiado delgados), y cree compartir cama con un exigente (y repelente) Vestido de Novia. Ellis, que asiste una vez por semana a la terapia de chiflados en la que conocerá a Weebey Ripley, un Genio Concedeseos que promete librarla de una vez por todas de la maldición del Nunca-Jamás-Voy-A-Casarme, cree ser responsable del hechizo que pesa sobre Fancher, pero, ¿lo es realmente?

Y lo que es más importante, ¿está siendo Erin Fancher realmente devorada por gusanos o lo que pasa es sólo producto de la terrible (y brutal) adolescencia? Todos los interrogantes se resolverán en el popular Baile de los Monstruos del Robert Mitchum. Un cruce entre la Metamorfosis, de Franz Kafka, Carrie de Stephen King y los chicos (y las chicas) malos (y malas) de Grease.

viernes, 14 de diciembre de 2012

"¡Per-fets-ki! ¡Per-fets-ki!" (un interludio ucraniano)



Extracto del programa orientativo del seminario 'El absurdo postcarnavalesco del mundo: ¿qué hay en el horizonte?', que tendrá lugar entre el 6 y el 10 de marzo en Venecia, en concreto, en la isla de San Giorgio Maggiore, y más en concreto, en los salones del monasterio de San Giorgio Maggiore.

"Bádminton con las animadoras. Intercambio de ideas. 
Paso a la crítica de la razón pura.
Ponencia: "Sexo sin trancas, o Caperucita Roja por el buen camino", por Liza Sheila Shalizer, EEUU, profesora de la Universidad de Yoknapatawpha, directora de la iniciativa 'El despertar de las amas de casa', non fiction star, non-stop-television-original-soap-opera-producer ("El duro camino de Deborah Icecream", ¡665 apariciones en antena hasta hoy!).
Discusión con los ponentes o sin ellos.
Helados, ostras. Cénit de la discusión. Gambas.
Platos del día: Big Mac, Hot Dog, Pop Corn..."

Sí, Liza Sheila Shalizer podría ser un personaje de la maravillosa Welcome. Pero no lo es. Es un personaje de la última y delirante novela de Yuri Andrujovich, 'Perverzión'. Sólo apta para aquellos que disfrutan del delirio por el delirio y que no aman perdidamente (o lo hacen desesperadamente) Venecia.

Con todos ustedes, Yuri (BUbaBU) Andrujovich.

Y yo, claro.

Porque lo que sigue es la entrevista que le hice, uh, esto, eh, ¿el 27 de marzo? Sí, el 27 de marzo. Hace un millón de años, este mismo año, en Barcelona.

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A Yuri Andrujovich, una de las más destacadas voces de la narrativa posmoderna ucraniana, le bastaron 16 horas en Venecia para sentir una profunda atracción, en muchos sentidos repulsiva, hacia ella. “Fue una experiencia dramática. No entendí nada. Me pareció una ciudad caótica. Abarrotada de todo tipo de signos culturales. Inasumible”, dice. Bebe un sorbo de agua y señala un ejemplar de 'Perverzión' (Acantilado), el libro que resultó de aquella primera experiencia. “No sé qué ocurrió pero cuando salí de allí me moría de ganas de escribir sobre Venecia. Pero tardé un tiempo en descubrir cómo hacerlo. Se ha escrito muchísimo sobre la ciudad”, admite. Por aquel entonces estaba en mitad de 'Moscoviada', “así que me resistí al impulso de empezar enseguida”. Y eso le ayudó. Porque le permitió armar una historia que tiene mucho (mal que le pese) de posmoderna y que transmite (formalmente) el carnaval (la dispersión) que sintió paseando por la ciudad que hoy considera poco más que “un escenario barato de una película de Hollywood”.

En cualquier caso, lo que resultó de “todas las vueltas” que le dio al tema fue un puñado de documentos (ficticios) de los últimos días de la vida de Stanislav Perfetsky, poeta, provocador profesional (es la clase de tipo capaz de entrar en Praga disfrazado de mujer, en una época en la que algo así podía suponerte algo más que una bronca en comisaría) y héroe de la revolución ucraniana, que, supuestamente, viajó de Munich a Venecia en coche para asistir a un congreso sobre 'El absurdo postcarnavalesco del mundo'. Con semejante punto de partida, Andrujovich, un experto en la geopoética de todo aquello que tiene que ver con la caída del comunismo (y el absurdo: fundó el delirante grupo poético ucraniano BuBaBu), monta un desternillante collage (notas personales, documentos oficiales, entrevistas a tipos que lo conocieron) sobre los últimos días del poeta, que, acosado por las deudas, no tuvo otro remedio que desaparecer. Y precisamente, desapareció en Venecia. Estuvo hasta que dejó de estar. Se volatilizó.

“Hay todo tipo de homenajes a historias ambientadas en Venecia. Desde 'La muerte en Venecia' de Thomas Mann hasta los cuentos que escribió Edgar Allan Poe, que, por cierto, nunca estuvo en Venecia, pasando por las historias fantásticas de E.T.A. Hoffman”, confiesa el autor, al que no le entusiasman las etiquetas, de hecho, toda la novela gira entorno a la idea de que el prefijo 'post' puede aplicarse a casi cualquier cosa, y no por ello dejará de ser menos absurda. “Es algo que se repite desde finales de los 80”, dice, y añade: “Niego que mi obra sea posmoderna”. “En Ucrania, que te consideren un autor posmoderno es casi un insulto. Por posmoderno se entiende cínico, frío y nada ambicioso, en el sentido de transmitir mensajes importantes para la sociedad. En Ucrania se cree que un autor posmoderno no aporta nada al pueblo”, expone. Pero entiende que “de alguna manera tienen que considerarnos y si hubo una época en la que existían los futuristas, ¿por qué no llamar a los autores de hoy posmodernos?”, se pregunta. Lo encuentra lógico, aunque sigue sin gustarle demasiado.

Capaz de escribir una novela volcán (tan divertida como trepidante y explosiva) como 'Perverzión' en tan sólo tres meses (“la empecé el 13 de diciembre de 1994 y la acabé el 13 de marzo de 1995, poder escribir la última frase el día de mi cumpleaños fue el regalo que me hice a mí mismo”, cuenta), Andrujovich considera que a la literatura ucraniana le faltan héroes con aspecto de personas 'reales'. Esto es, “durante una época todo lo que podía escribirse en Ucrania era realismo soviético, y las novelas estaban llenas de falsos héroes, héroes de guerra, grandes científicos y trabajadores ejemplares; cuando todo eso acabó, se pasó de un extremo al otro y los héroes no eran para nada positivos, ofrecían una alternativa, sí, pero estaban olvidando que los personajes tienen que estar vivos y que la literatura no tiene por qué tener moraleja”, cuenta. Sea cual sea el caso, ¿ha vuelto a Venecia desde aquella primera vez? “Sí. En dos ocasiones. La segunda todavía me pareció más horrible que la primera. Salí de allí muy decepcionado, con la sensación de que todo el mundo quería mi dinero. Pero la tercera me reconcilié con la ciudad. Asumí que está hecha para el turismo y la traté de experimentarla así, como un turista más. Funcionó”, sentencia.


viernes, 24 de agosto de 2012

Mary Anne, You're Better Than The World



Mary Anne Reynolds ha nacido en un pueblo pequeño, un pueblo asfixiante, un pueblo en el que una chica sólo puede ser una buena chica y tener un trabajo horrible y luego encontrar a un buen chico, casarse y tener un millón de niños. Sí, ha nacido y crecido en uno de esos pueblos. Y encima, lo ha hecho en los años 50, una época en la que una tipa con el pelo rosa, a lo Cindy Lauper, es pura ciencia ficción. Pero Mary Anne Reynolds no quiere casarse, ni quiere tener un trabajo horrible ni quiere salir con un buen chico porque los buenos chicos le parecen demasiado aburridos. Los buenos chicos sólo invitan a las chicas a tomar batidos y luego tratan de meterles mano en el asiento trasero del coche de su padre, el coche en el que, con toda probabilidad, fueron concebidos. Así que empieza a salir con tipos que no la convienen. Tipos mucho mayores que ella. Tipos que son negros y que cantan en bares de mala muerte. Mary Anne se acuesta con ellos (oh, al menos, con uno de ellos) y lo hace porque quiere, para el tipo prácticamente es una orden, porque aunque Mary Anne es una cría, Mary Anne acaba de cumplir los 20, hace siempre lo que le da la gana, y consigue TODO lo que quiere. Sí, Mary Anne es la clase de chica que empieza a mirar hacia otro lado cuando la conversación deja de importarle. Como cuando los tipos se sientan en el bar a hablar de que el folk HA MUERTO, y cosas por el estilo. A Mary Anne sólo le interesa hablar de ver mundo. Salir de Pacific Park, California, y no volver jamás.

Mary Anne said: 'I wish I could travel'.
'When you've seen the various big cities you'll know one fundamental thing. They're all alike'.
She accepted his words, but the longing was untouched. 
'I'd like to go somewhere, to some better place'.

Publicada cinco años después de su muerte (1987), Mary and the Giant es, quizá, la primera novela que acabó Philip K. Dick. Se sabe que la escribió entre 1953 y 1955, en la época en la que publicaba relatos cortos en un millón de revistas y trataba de completar la que acabaría por convertirse en su primera novela, Lotería solar (1955), es decir, cuando contaba 25, 26 y 27 años, y leía sin parar revistas de ciencia. Había trabajado en una tienda de discos californiana (entre el 48 y el 52, es decir, de los 20 a los 24), la tienda que sin duda inspiró la que monta el misterioso Joe Schilling en Pacific Park y en la que sueña trabajar la buena de Mary Anne Reynolds, que, en un arranque propio de la por momentos repelente pero increíblemente encantadora (infantil y, demonios, claro que sí, valiente) Sookie Stackhouse (la clase de chica que le dice qué puede y qué no puede hacer a todo aquel que se cruza en su camino, por más demoníacamente poderoso que éste resulte), deja su trabajo en un almacén de muebles (su trabajo como recepcionista, su trabajo como chica para todo), se presenta en la tienda de Schilling y exige ser contratada. En plan: Soy lo mejor que vas a encontrar en este maldito pueblo, Tipo Extraño Que Fuma Puros. Y Schilling, que no está en absoluto convencido al principio, pues Mary Anne tiene todo la pinta de ser justo lo que parece, una estúpida cría engreída, pero finalmente accede. Y cuando lo hace, cuando le suelta, 'The job is yours', lo que hace Mary Anne es decirle:

No, thanks.

Oh, Mary Anne es maravillosa. Knut Hamsun la hubiese adorado. John Fante hubiese querido casar a Arturo Bandini con ella. De todas las chicas creadas por el Dick El Genio es mi favorita. Está REALMENTE viva. Le trae sin cuidado el mundo. Oh, es maravillosa. No sabe lo que quiere pero sabe lo que no quiere. Oh, adoremos a Mary Anne, no sólo porque es la única chica que no está contaminada por la opinión que no mucho más tarde le merecerán al autor todas y cada una de las mujeres que conoce y crea (poco más que pequeños monstruos dedicados a destruir al hombre que una vez amaron, o eso se deduce de todas sus creaciones, inspiradas en sus tristes fracasos sentimentales) sino porque en cierto sentido representa al joven Dick en su desesperado intento por destacar en un mundo en el que el diferente es primero excluido y luego paulatinamente aceptado, a medida que éste se somete a los órdenes que Los Otros dictan y, poco a poco, va transformándose en aquello que jamás pensó que sería pero que, inevitablemente, estaba destinado a ser. El difícil encaje del artista, en este caso representado por la más audaz de las chicas de Pacific Park, California, en una sociedad decidida a no comprenderlo, tema de fondo de muchas de las novelas (por no decir de TODAS) del Gran Dick, es el tema de fondo en Mary and the Giant, en su versión más sincera, honesta y realista (no hay un sólo marciano en Pacific Park, tampoco telépatas de Ganímedes, no hay expediciones al espacio, no hay Padres-Cosa, oh, no, no hay nada de eso, sólo buenos chicos y chicas que quieren comerse el mundo).

Un Dick vulnerable. Mmm. Sí. Extraño. Pero recomendable. Curiosamente adictiva. Extraña. Muy muy extraña. El ambiente es similar al de El Doctor Moneda Sangrienta, sin Hoppy Harrington. Un ambiente enrarecido pero aún ordenado, que nada tiene que ver con lo que estaba por venir.

lunes, 20 de febrero de 2012

Historia de dos ciudades


No es un pez en una pecera. Es Jonathan Lethem. El tipo que de niño leía cómics de Supermán. El tipo que un día quiso ser astronauta y acabó convertido en novelista. El tipo de novelista que se pregunta por qué parece que los astronautas hayan dejado de existir. “Parece que los hemos olvidado pero están ahí, en el espacio, haciendo el mismo tipo de cosas sucias que hacemos todos, sólo que en un cohete”, dice. Está corrigiendo exámenes en su despacho. Tiene un despacho en uno de los edificios anaranjados de la Universidad de Pomona. La Universidad de Pomona está en un lugar llamado Claremont. Un lugar que pretende ser una ciudad pero que en realidad no lo es. Es una especie de campus universitario con aspecto de ciudad. Está en California. Muy cerca de Los Ángeles. Y muy lejos de su adorada Nueva York, ese monstruo de dos cabezas al que rinde tributo en su última novela, Chronic City (Mondadori), un viaje alucinado y alucinante por la vida de Chase Insteadman, el tipo al que Janice Trumbull, la astronauta que (de todas formas y haga lo que haga) morirá en el espacio, escribe cartas de amor que todo el mundo puede leer.

Tiene una taza de café sobre el escritorio y está en uno de sus descansos. Dice que sus alumnos entran y salen de su despacho constantemente. Les ha mandado leer ‘Rayuela’, de Julio Cortázar, “y tienen dudas”. Aunque seguramente no tantas como las que asaltan a Chase Insteadman cuando descubre que la realidad que está viviendo bien podría ser una de las infinitas posibilidades que su existencia recorre como se recorren las carreteras en California. Sin mirar atrás y sin preguntarse qué hay más allá de todo ese desierto. Porque un desierto es lo que parece rodear a la siempre intrépida Nueva York, el monstruo de dos cabezas. Lethem ha crecido allí. Sabe de lo que habla. “Siempre he creído que Nueva York era en realidad dos ciudades. O al menos, lo ha sido para mí desde que era un niño. Brooklyn era la ciudad real, y Manhattan era el sueño, el concepto, la realidad virtual”, dice. Porque puede que sí, que Manhattan “fuese un sitio real, al que podías llegar en metro y en el que podías comprarte cómics y pedazos de pizza, un sitio en el que podías pisar una mierda de perro y ser atropellado por un taxi”, pero nunca dejó de parecerle Otro Mundo. “En Huérfanos de Brooklyn y La Fortaleza de la Soledad hablaba del pasado, de un chico que se sentía fuera de lugar y que debía sobrellevar su relación con la familia, sus amigos, la escuela, la cultura. En esta ocasión quería hablar de cómo es vivir en dos mundos simultáneamente cuando uno es real y el otro no. Así que Manhattan me iba como anillo al dedo”, confiesa Lethem. De ahí que empaquetara sus cosas (a sus personajes, esta vez, envueltos en una extraña nebulosa) y se mudara a la calle 84. En concreto, a la 84 con Lexington Avenue, encrucijada en la que se encuentra la evocadora cocina del huraño Perkus Tooth, el tipo que se enamoró de la camarera de su hamburguesería favorita (la Jackson Hole) y nunca se atrevió a invitarla a una copa. Hamburguesería, por cierto, que acabó devorada por un tigre mecánico gigante. O algo por el estilo.

“No me invento nada. Las águilas, el olor a la chocolate en el ambiente y la supuesta ballena que vivía en el río del East Up están extraídos de noticias reales de la época en la que escribía el libro. Todas salieron en el New York Times. A menudo la realidad es más extraña de lo que nos planteamos”, asegura el escritor. Pero, ¿qué es lo que pasa en Chronic City? Chronic City es la historia de un puñado de amigos perdidos en la (brumosa e incierta) Gran Manzana. La cosa arranca una mañana, en las oficinas centrales de Criteron Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida. Chase ha ido a grabar voces en off para la reedición en DVD de La ciudad es un laberinto, un película de los años cincuenta. Chase debe leer declaraciones del fallecido director de la cinta extraída de entrevistas y artículos, para el documental que aparecerá como extra de la jugosa reedición. Chase está acostumbrado a hacer ese tipo de cosas. Hubo una época en la que fue un actor de moda (un actor adolescente de moda). Era Warren Zoom, aprendiz del fulminante abogado de éxito Gordon Pesty, en Martyr & Pesty, serie que aún reponen a todas horas en un canal por cable, lo que provoca que aún le reconozcan por la calle. El caso es que Chase acude a las oficinas de Criterion y allí se topa con Perkus Tooth, una leyenda del arte callejero (en periodos de locura transitoria pinta carteles totalmente marcianos que luego cuelga de las calles de su ciudad fantasmagórica) que vive obsesionado con Marlon Brando (y que es incapaz de aceptar que ha muerto), constantemente colocado (fuma hierba llamada Tigre Gigante, Niebla Gris, Dos Águilas) y rodeado, sin saber cómo, de personajes como Chase Insteadman. Digamos que Perkus es una especie de imán para todo aquel que anda perdido en la Gran Ciudad. Así es como el ex actor adolescente conoce a Richard Abneg, un tipo que cree que las águilas le persiguen allá donde va, y a su prometida Georgina, y a la enigmática Oona Laszlo, la escritora fantasma, enamorada de Chase porque Chase lo está de una astronauta que jamás regresará a la Tierra.

“Oona es, en cierto sentido, el único personaje real de la historia. De hecho, existía un párrafo extra en la historia en el que Oona confesaba ser la autora de Chronic City, pero decidí eliminarlo porque creí que los lectores podían sentirse traicionados”, confiesa Lethem. Pero no sólo Oona es real, pues buena parte de la novela está basado en recuerdos del propio Lethem. Recuerdos que el escritor tiene en la la Ochenta y cuatro con Lexington. “Es un lugar muy especial. Todo lo que pasa en la novela me ha pasado en algún momento de los últimos veinte años: los amigos, las drogas, la música, las hamburguesas. Sinceramente, amo esa calle por razones personales, y una parte del impulso para escribir esta novela me lo dio el hecho de que quería grabar todo lo que allí me había pasado para no perderlo. Eso sí, convirtiéndolo en ficción”, admite el escritor. Más cosas de verdad en la historia:Perkus Tooth.

“Perkus es el último coleccionista, encargado de mantener a salvo las culturas secretas, los significados secretos, las secretas ocurrencias. Está basado en dos amigos: el compositor Paul Nelson y Tom Adelman, más conocido como Camden Joy, un artista callejero que solía colocar carteles y pósters en el centro de Manhattan. Ninguno de ellos se reconocería en Perkus, pero forman parte de él. Perkus es una suerte de súper crítico cultural: todo le parece demasiado salado o demasiado dulce. Está intentando descubrir qué hay detrás de la realidad, una tarea monstruosa pero necesaria. Tiene la sensación de no ser más que un cuerpo atrapado en el tiempo, en un apartamento, sediento y hambriento de todo lo ordinario, y a la vez ser el tipo que quiere sacarse de ahí como sea”, explica Lethem, que comparte la obsesión de Perkus con Marlon Brando. “Brando fue uno de nuestros últimos héroes. Pero no por su arte, ni por ningún asunto que tenga que ver con la moral o la inteligencia (pues no tenía ni de la una ni de la otra), sino por la incontrolable, autodestructiva y maravillosa pasión con la que se entregaba a cada uno de los papeles que debía interpretar. Desde que descubrí que interpretar un papel es básicamente lo que hacemos todos cada día, Brando se ha convertido en un emblema de las posibilidades de resistencia que existen y que, a menudo, no vemos”, considera el escritor.

Mientras sus alumnos leen a Cortázar, Lethem vuelve a leer a Philip K. Dick. “Es lo que hacía en la época en la que escribí esta novela. Releí Ubik, Aguardando el año pasado y El Doctor Moneda Sangrienta. Y me ayudaron muchísimo. Por supuesto también hay que tener en cuenta que estábamos en 2004 y el hecho de que hubiéramos reelegido a George Bush también me influyó muchísimo. Me deprimía pensar que toda esa gente que lo había votado quería seguir viviendo en una realidad paralela y terrorífica, en la que estábamos absueltos de formar parte y ser cómplics de horribles crímenes de guerra”, dice. De ahí la versión sin guerra de Otro Mundo Más, el mundo pixelado que amenaza con tragarse al real en la novela (aunque no de forma combatiente, pues apenas está empezando a considerarse una oportunidad de negocio). ¿Inspirado en Second Life? “Sí, aunque yo nunca había entrado en Second Life entonces”, contesta Lethem.

Pero lo hizo después. ¿Y qué ocurrió? “Fue bastante relajante y hasta agradable, por lo que llegué a la conclusión de que me había mantenido al margen hasta entonces porque una vez dentro era muy capaz de desaparecer para siempre. De ser engullido por todo lo que ese otro mundo te ofrece. Aunque al instante siguiente pensé que eso no ocurriría nunca, porque me pareció tremendamente aburrido”, dice. Hablando de sitios a los que sólo puedes acceder a través de un ordenador, en la novela se describe una delirante puja en Ebay (en una escena que es comedia en estado puro, y sin duda, el momento más divertido y absurdo de la historia). A la salida de la consulta de un homeópata, Perkus se enamora de un caldero (ni siquiera es uno real, es una fotografía) y, de vuelta en su acogedora cocina, empiez a pujar por uno de ellos en Ebay. Y lo pierde. Y lo que empieza en ochenta dólares acaba en cientos de miles, porque, de repente, los calderos, se vuelven objeto del deseo de buena parte de la Humanidad. Pero la pregunta es, ¿ha pujado por algo semejante Jonathan Lehtem? “Lo más valioso que he comprado en Ebay fue una entrada para ver un playoff de los New York Mets. Pero debí comprar la entrada equivocada, porque los Mets perdieron. La próxima vez intentaré comprar una que me dé acceso a la versión del juego en la que los Mets ganan”. Así de sencillo.

“Si de algo trata Chronic City es del falso mundo en el que vivimos”, insiste Lethem, convencido de que, a estas alturas, las dos ciudades que conviven en Nueva York “se han colonizado la una a la otra y nos han absorbido a todos nosotros, convirtiéndonos en un todo indivisible y confuso”, añade el escritor. En sus calles, tipos como Richard Abneg (“sí, puede que él y Georgina representen un estereotipo de las personas que viven en ese Manhattan irreal”, admite el escritor) tropiezan con actores que pretenden leer la retorcida obra magna de escritores que son David Foster Wallace pero se esconden tras el nombre en clave de Ralph Warden Meeker y acaban tirándola al río (obra que, por cierto, se llama La bruma indistinta por no llamarse La broma infinita). “Sí, va por él. Pero también va por Michael Brodkey (y su Detour) y por el Dhalgren de Samuel Delany”, confiesa Lethem, que no acaba de sentirse muy a gusto con la literatura a ratos repelente y, en opinión de Chase Insteadman, extremadamente pedante, de los tres escritores que se esconden tras Warden Meeker.

Y luego están las drogas, que intensifican la sensación de confusión e irrealidad de la novela. “Las uso como elemento desestabilizador, gracias a las drogas los personajes son capaces de ver más allá, de intuir los mecanismos del mundo que les rodea. En cierto sentido, las drogas son como la realidad virtual, las teorías de la conspiración o la búsqueda de calderos: una manera de escapar, de tratar de descubrir que hay bajo la superficie de todo esto. Pero no funcionan. Porque a la mañana siguiente igualmente te levantarás deseando una hamburguesa y preguntándote en qué demonios estabas pensando anoche”, dice el escritor que también es profesor y fan de Supermán. Hablando de Supermán, ¿es Chase Insteadman lector de cómics? No siente una atracción especial por ellos. Pero no la siente por nada. A menos que tenga que ver con Perkus Tooth. El malogrado artista callejero (que en algún momento se dedicará a pasear perros de tres patas) es algo así como un gurú para todos los que le rodean. Si lee a Kurt Vonnegut, a Chase de repente le apetece echar un vistazo a cualquiera de sus libros y, si no ha podido con el citado Warden Meeker (en realidad, Foster Wallace), Chase se muere por intentarlo. Y está la teoría Pequeñeco. En perfecta sintonía con el espíritu de la novela (la existencia de dos ciudades que se superponen y se confunden), los personajes mantienen periódicamente un debate sobre sobre las películas protagonizadas por pequeñecos (marionetas peludas a las que les falta la mitad del cuerpo), llegando a la conclusión de que el mundo en el que viven tiene mucho que ver con esos monstruitos de colores chillones: se muestra sólo en apariencia y esconde un engranaje que no tiene nada de fantástico.

Fantástico es, por ejemplo, que tu novia sea astronauta. Pero no lo es que esté atrapada en el espacio y que jamás vaya a regresar. Y tampoco que te escriba cartas que todo el mundo puede leer y que no recuerdes en qué momento empezaste a salir con ella. Porque, ¿de veras Chase Insteadman y Janice Trumbull, la astronauta mediática, fueron novios alguna vez? Si es así, ¿por qué Chase es incapaz de recordar cuándo fue la última vez que cenaron juntos? Atrapado en la Perkusfera (el absorbente mundo de Perkus), Chase tratará de descubrir por qué sigue siendo rico si hace un millón de años que dejó de trabajar. También acudirá a una cena de autoridades, invitado por el mismísimo alcalde de la ciudad de dos cabezas, Jules Arnheim, y se topará allí con el creador de Otro Mundo Más, y con un extraordinario caldero virtual (sí, holográfico) que reavivará la discusión sobre el más que posible universo paralelo y ficticio en el que pueden estar viviendo, en el que podemos estar viviendo todos. Un universo en el que predominan los apellidos absurdos (como Insteadman, algo así como Hombre a pesar de todo: “Me gustan ese tipo de apellidos, de hecho, los apellidos normales y corrientes me parecen incluso más absurdos que los que invento”, dice Lethem), las hamburguesas y, por qué no, los tigres mecánicos (gigantes).

***

Mi charla con Lethem fue electrónica pero fue real. Lo que acabáis de leer se publicó hace un año en Qué Leer. Espero que os haya gustado. Sí, creo que he vuelto. Siento la ausencia. Demasiados libros. Demasiados.

martes, 25 de octubre de 2011

Idilio del Hombre Flaco y la Mujer Gorda


En El hurgón mágico, del maléfico Robert Coover (oh, adoro a Robert Coover y sobre todo adoro sus decididamente necesarias y casi obscenas cursivas), hay tipos que mueren atropellados por camioneros que dicen ser buenos tipos y no merecerse atropellar a tipos como el atropellado, un hombre llamado Paul que tiene que escuchar discutir a un policía estúpido, una vieja pervertida y al millón de curiosos que se agolpan a su alrededor y simpatizan con el verdugo, en el kafkiano 'Un accidente pedestre' (antes de que todos se vayan, es demasiado tarde, anochece, nadie quiere pasar la noche discutiendo junto a un casi cadáver que está a punto de ser devorado por perros callejeros); hay Tipos Flacos y Mujeres Gordas que no se limitan a ser Tipos Flacos y Mujeres Gordas sino atracciones de circo, pero atracciones de circo enamoradas que, de repente y a causa del siempre entrometido amor (cursivas, cursivas), quieren adelgazar (Ella) y ponerse cachas (Él) y todo el mundo les odia porque el circo se convierte en el hazmerreír de los circos (¿Un circo en el que la Mujer Gordo es delgada y el Hombre Flaco está cachas? ¿Bromeas?); dos hermanas que llegan a una isla, una brumosa isla en la que espera un caballero estúpido y un hurgón mágico que a veces es un príncipe encantado y a veces un hurgón sucio y maloliente (no es un cuento de hadas posmoderno es un cuento de hadas siniestro y retorcido y pretendidamente macabro) y canguros a las que les encanta darse un baño mientras los padres de los pequeños monstruos que cuidan están fuera (en una horrible fiesta en la que hay tipos que insertan mujeres en diabólicas fajas) y que acaban descuartizadas (oh, no, en realidad acaban de todas las formas posibles porque en una historia de Robert Coover nada es nunca lo que parece).

Es fascinante la manera en que el Maestro Coover hace que sus cuentos avancen en todas direcciones (y en todas a la vez), subidos a una especie de carrusel maldito en el que, como ocurre en el enigmático cuento 'Peculiaridades de los ojos', de Philip K. Dick, se hacen pedazos (como se hacen pedazos en ese cuento los seres humanos, con ojos que ruedan por la mesa y manos que se dan y cabezas que se pierden) y salen disparados (esos pedazos) en todas direcciones. Leer a Robert Coover es como asistir a un banquete de gigantes devorahumanos del que es imposible escapar sin el pecho cubierto de sangre, sangre brillante y decididamente inteligente, tan inteligente y brutal como su agudo (y mortífero) sentido del humor, de la la ironía, de la sátira, en definitiva, caníbal. Después de todo, en palabras del propio Coover, "¿qué es la vida sino una caravana de falsificaciones verosímiles?".